Érase una vez un pirata informático que entró en el servidor secreto de los duendes y descubrió que ya no viven en los bosques, sino escondidos en Internet.
Siguen siendo tan juguetones como siempre, pero ahora sus juegos favoritos se llaman virus…
En una corte centroeuropea vivía una vez un príncipe que se iba a casar.
-Tienes que aprender a bailar, porque pronto será tu boda y el baile real no puede celebrarse sin que lo inicies tu –le dijeron un día.
- Vale.
Pero no hubo forma. Aquel príncipe no tenía el menor sentido del ritmo y no conseguían enseñarlo a bailar. Pasaban las semanas, se acercaba la fecha de su boda y en la Corte cundía la desesperación.
-¿Qué hacemos? Es un patoso. Nunca aprenderá a bailar.
-Si me dejáis, yo lo enseñaré –dijo de pronto una de las doncellas de su madre, la reina.
-¿Y cómo lo harás? –le preguntaron.
-Dejadme y veréis.
La dejaron y la doncella fue al encuentro del príncipe.
-¿Sabes jugar al escondite? –le preguntó.
-Cómo no.
-Pues búscame aquí -dijo yéndose a la derecha.
Y cuando él se inclinaba, se fue a la izquierda:
-No, búscame aquí.
Y cuando él iba hacerlo, saltó hacia atrás.
-¿No me encuentras?
Saltó hacia delante y el príncipe, adivinándolo, la siguió. Saltó hacia la derecha y el príncipe la siguió. A la izquierda y lo mismo. Así, una y mil veces. Hasta que la doncella paró y le dijo:
-Muchas gracias, Alteza, por concederme este baile
-¿Baile? ¿Acaso no estábamos jugando?
-El baile, Alteza, no es más que un juego para dos. Y vos desde luego que sabéis jugar.
Y así fue como el príncipe patoso de aquel reino centroeuropeo se acabó convirtiendo en un príncipe bailarín.
Esto era un gallinero en el que vivían doce gallinas. Un gallo que pasó por allí las miraba entusiasmado y decía, galante:
-¡Estáis para comeros!
Un zorro que lo oyó y también miraba entusiasmado a las doce gallinas, corroboró:
-Lo mismo digo.
En ese momento apareció el dueño del gallinero y les dijo a ambos:
-Solo yo comeré a estas gallinas cuando tenga hambre. ¿Entendido?
Y como el dueño pertenecía a la especie humana, la más comilona de la creación, el zorro se esfumó, mientras el galló se limitaba a decir, crestibajo:
-Bueno, lo mío solo era una metáfora, hombre.
Las gallinas, que hasta entonces no habían piado, cacarearon al unísono:
-¡¡Queremos metáforas!!


Esto era una avispa sin aguijón. Nació así, sin motivo alguno. Sus padres pensaron:
-¡Qué bien! No podrá picar a nadie y por tanto será la avispa más querida del mundo.
Pero cuando un humano vio un día a la avispa sin aguijón volando frene a su cara, pegó un manotazo y se la cargó.
-¡Por qué ha hecho eso?
-Para que no me picara.
-¡Pero si no tenía aguijón!
-¿De veras? ¿Y cómo iba yo a saberlo?
Moraleja: nunca dejes a un protector de animales solo frente a un león. ¡Je!
En un remoto país de cuyo nombre no quiero acordarme apareció un día un terrible dragón que todo lo destruía. Nada ni nadie parecía poder detenerlo. La gente, angustiada, pidió ayuda a la máxima autoridad del país, que era el Presidente de la República:
-¡Haga usted algo o el dragón acabará con todos nosotros!
El orondo presidente se rascó la calva:
-Hombre, pues no sé… Si fuera un rey a la antigua, ofrecería la mitad de mi reino y la mano de mi hija a quien lo matara. Pero ni soy rey, ni tengo reino, ni mis hijas están solteras a estas alturas.
La gente se miró confusa. Entonces alguien tuvo una idea genial:
-Como esto es una República y manda el pueblo, propongo que ofrezcamos el cargo de este señor a quien se atreva a matar el dragón.
Hubo un clamor de asentimiento y algún tiempo después, en efecto, fue nombrado como nuevo presidente de la República un valeroso mozalbete que con fuerza y astucia logró neutralizar la temible amenaza.
Había una vez una vaca que quiso ser piloto de Fórmula Uno. Se presentó por ello ante los responsables de una de las grandes escuderías, proclamando su vocación. La rechazaron de inmediato… por pesar demasiado.
La vaca, obstinada, se puso a dieta y fue al gimnasio durante mucho tiempo. Volvió a la escudería y le dijeron que su peso era válido, pero que iba sobrada de patas y falta de manos para coger el volante.
La vaca, obstinada, operó dos de sus extremidades en la mejor clínica de vacuno del mundo. Sus patas delanteras se transformaron en manos. Volvió a la escudería:
-No podemos admitirla porque sus cuernos le impedirían colocarse el casco, que es obligatorio.
La vaca, obstinada, regresó a la clínica para que desapareciera su cornamenta.
-Todo nuestros pilotos son machos y usted es vaca –le dijeron entonces.
La vaca, obstinado, se operó para transformarse en toro. Regresó a la escudería, cuyo color dominante era el rojo. Su repentina naturaleza de toro se apoderó de ella y embistió contra todo lo que llevaba ese color, incluidos los máximos responsables de la escudería, a los que hizo volar por los aires, pese a carecer de cuernos.
-¡Te admitimos como piloto! –gritó uno de ellos, aterrado.
Pero la vaca obstinada que ya no era vaca se dejó de obstinar:
-Con tanto cambio, ni soy lo que era ni quiero lo que quería. ¡Que os den!