En una corte centroeuropea vivía una vez un príncipe que se iba a casar.
-Tienes que aprender a bailar, porque pronto será tu boda y el baile real no puede celebrarse sin que lo inicies tu –le dijeron un día.
- Vale.
Pero no hubo forma. Aquel príncipe no tenía el menor sentido del ritmo y no conseguían enseñarlo a bailar. Pasaban las semanas, se acercaba la fecha de su boda y en la Corte cundía la desesperación.
-¿Qué hacemos? Es un patoso. Nunca aprenderá a bailar.
-Si me dejáis, yo lo enseñaré –dijo de pronto una de las doncellas de su madre, la reina.
-¿Y cómo lo harás? –le preguntaron.
-Dejadme y veréis.
La dejaron y la doncella fue al encuentro del príncipe.
-¿Sabes jugar al escondite? –le preguntó.
-Cómo no.
-Pues búscame aquí -dijo yéndose a la derecha.
Y cuando él se inclinaba, se fue a la izquierda:
-No, búscame aquí.
Y cuando él iba hacerlo, saltó hacia atrás.
-¿No me encuentras?
Saltó hacia delante y el príncipe, adivinándolo, la siguió. Saltó hacia la derecha y el príncipe la siguió. A la izquierda y lo mismo. Así, una y mil veces. Hasta que la doncella paró y le dijo:
-Muchas gracias, Alteza, por concederme este baile
-¿Baile? ¿Acaso no estábamos jugando?
-El baile, Alteza, no es más que un juego para dos. Y vos desde luego que sabéis jugar.
Y así fue como el príncipe patoso de aquel reino centroeuropeo se acabó convirtiendo en un príncipe bailarín.
Escrito por Braulio Llamero 



Esto era un niño pobre y feliz que se perdió en el inmenso bosque de calles y edificios de una gigantesca ciudad. Lo encontró y adoptó una experta en Bolsa del próspero distrito financiero.
En un remoto país de cuyo nombre no quiero acordarme apareció un día un terrible dragón que todo lo destruía. Nada ni nadie parecía poder detenerlo. La gente, angustiada, pidió ayuda a la máxima autoridad del país, que era el Presidente de la República:




