Dos ciempiés

Un ciempiés se presentó un día a las oposiciones de juez:

-¿Qué cualidades tiene usted para tan alta función?

-Puedo andar con más pies de plomo que nadie.

Y aprobó.

Otro ciempiés se presentó un día para ser futbolista.

-¿Usted con los pies como va?

-Al cien por cien.

Y aprobó también.

Un mundo entero

Érase una vez un niño que escribió a los Reyes Magos pidiéndoles un mundo entero. Melchor, intrigado, pasó la carta a Gaspar. Este, sin comprender, se la tendió a Baltasar.

—¿Qué quiere decir?

Baltasar, que siempre había sido el más respetado de los tres porque ganó su corona en combate y no lo vencía ni un león, sonrió.

—Está claro. Es un niño ecologista. Sabe que su mundo perece y pide otro para tener repuesto.

—¡Pues a ver qué le llevamos! -bufó el rey Melchor.

—Yo me encargo -dijo Baltasar.

Y la noche de reyes el niño ecologista se encontró al mismísimo rey negro en su habitación. Le tendió un libro enorme sobre el Universo.

—Nos has pedido un mundo, pero hay muchísimos y no sabemos cuál quieres. Así que estudia esto y cuando elijas uno nos lo haces saber. Eso sí, que no haya humanos en él, si quieres que te dure, porque ya sabes cómo somos.

Y el niño ecologista, feliz, se puso a estudiar y acabó siendo un gran astrónomo.

La princesa roja

Esto era una niña que quería ser princesa.

—¿Dónde se estudia eso, papá?

Su papá, que era muy complaciente y nunca decía que no, miró una vieja y gran enciclopedia.

—Aquí no viene nada.

—Vaya.

Consultó después un buscador de Internet.

—No se estudia. Tienes que nacer con sangre azul.

—¿Y la mía cómo es? -preguntó la niña que quería ser princesa.

—Roja, hija. Como la de todo el mundo.

La niña sonrió, de oreja a oreja.

—¡Pues seré la Princesa Roja; o sea, la de todo el mundo!

Y tan ancha que se quedó.

El ciempiés y la lombriz

Un ciempiés se encontró un día con una lombriz.

-¿Tu no tienes pies?

-Pues no, porque el día de la Creación, aunque Dios dijo que cada cual cogiera un par, cuatro como mucho, hubo algunos egoístas que se apoderaron de cien cada uno y después no hubo para todos los que llegamos detrás.

El ciempiés, silbando y mirando al cielo, se esfumó sin preguntar nada más.

El pastor despistado

No todos los pastores de Belén se enteraron del Nacimiento. Hubo uno que, cuando llegó un ángel a darle el chivatazo, se volvió a su oveja favorita:

-Oye, que yo solo he bebido leche de la tuya. ¿Se puede saber qué comes  para que me hayan entrado estas alucinaciones?

Y, claro, nunca se acercó al Portal.

El buey

El buey no se movió cuando entró aquella pareja y se instaló a su lado. Al buey todo le daba igual. El buey no se movió cuando nació el Niño y empezaron a sonar músicas raras y efectos de luces de colores. El buey ni siquiera resopló cuando empezaron a entrar pastores y otras gentes para ver al recién nacido.

Pero cuando entraron los tres Magos y vio los regalos que llevaban, resopló.

-¡Caramba! Cuando mi vaca tiene sus terneros nunca nos dan ni los buenos días.

Y pensó, molesto, que en la siguiente vida se pediría tener solo dos patas y una corona de luz sobre la cabeza.

La mula

A la mula no le gustó nada de nada que aquella pareja joven, con la mujer a punto de dar a luz, se instalara en su establo. 

A la mula le fastidió que los dos fueran pronto tres.

A la mula le cambió la cara y el humor cuando el recién nacido le lanzó un sonrisa.

-Está bien, muchachito. Te daré aliento, porque con esos padres tan pobres me da que nunca vas a conocer forma mejor de calefacción.

El muñeco de nieve

Además de los pastores, hubo un muñeco de nieve que también vio la Estrella.

-¡Oh, ha nacido el Rey de Reyes! He ir a adorarlo.

Pero como no podía andar ni disponía de camello,  el muñeco se echó a rodar en dirección a Belén. Se fue haciendo una bola cada vez más grande. Al llegar a Belén, un vigilante dio la voz de alarma:

-¡Que viene un alud!

El alud, es decir la enorme bola, es decir el muñeco de nieve, chocó contra la muralla de Belén y se deshizo. Por eso nunca se ha sabido nada de quien vio la estrella anunciadora mucho antes que los Reyes Magos.

El rey Cencerro

Esto era un rey que soñaba con tener todas las riquezas del mundo.

—¿Y para qué quiere tanto? -Le preguntaron.

—Para matar mi ambición y vivir feliz sin desear más de lo que tenga.

Los consejeros se apresuraron a convocar a los mejores siquiatras del reino..

—A ver si podéis hacer algo. Su Majestad está como como un cencerro.

Desde ese día lo llamaron así, el rey Cencerro, y le obligaban a hacer ejercicio a todas horas para que no tuviera tiempo de soñar tonterías.

El murciélago

Un murciélago chico se encontró un día con una chica murciélago.

-¿Tienes novio? -le preguntó.

-No.

-¿Salimos juntos?

La chica murciélago miró al murciélago chico con gran intensidad.

-Te estás confundiendo conmigo.

-¿No te gustan los chicos?

-Ni los murciélagos. ¡Soy una vampiro!

Y se transformó en humana para demostrárselo.

Al vampiro se le pasó la bobada de inmediato, salió volando y jamás se volvieron a ver.

Los dos pintores

Esto era un pintor de brocha gorda que se encontró con un pintor de cuadros.

—Yo soy más pintor que tú -le dijo, sin complejos.

—¿Y eso?

—Tu solo pintas cuadros, yo pinto la vida.

—Tu das color a los objetos. Eso no es pintar. 

—Yo pinto las casas, las calles, las vallas y farolas, las paredes. Sin mí no habría otros colores que los naturales -insistió el pintor de brocha gorda.

—Yo vuelvo a crear la realidad, la misma u otra, en mis cuadros. No compares. Tú eres artesano y yo un artista.

El pintor de brocha gorda se quedó pensativo.

—En eso sí levas razón. Porque lo mío, en efecto, es Arte Sano. Lo tuyo…

Y se marchó contento, con sus brochas gordas, mono blanco, caldero de pintura y escaleras, sin decir ni adiós.

Moraleja: 

el arte es arte 

sin que nadie lo defienda

ni en todo ni en parte.

Por qué emigran las golondrinas

Esto era una golondrina llamado Adelita que se encontró un día con un pájaro de cuenta llamado Simón.

—¿Y qué es un pájaro de cuenta? -Le preguntó.

Simón se limpió el pico con chulería.

—Pues un pájaro que sabe de sumas y restas, divisiones y multiplicaciones.

—¡Caramba, qué interesante!

—No creas una palabra. Un pájaro de cuenta es del último del que te puedes fiar -dijo otro pájaro que acababa de posarse en una rama cercana.

—¿Tú quién eres? -preguntó Adelita.

—Un pájaro de cuidado. Me llamó Guillermo.

El pájaro de cuenta llamado Simón, silbó muy molesto:

—¿Y un pájaro de cuidado es acaso mejor?

—Bueno -dijo el aludido, echándose de nuevo a volar-. Ambos somos unos pajarracos, la verdad.

La golondrina, con súbito dolor de cabeza, decidió cambiar de aires. Y por eso todos los años las golondrinas emigran. Para evitar a los pájaros de cuenta, a los de cuidado y a todos los pajarracos.