LA MISS

Esto era una chica muy guapa que un día quiso aspirar a Miss Mundo.

Se presentó al correspondiente certamen y le pidieron que se pusiera un traje de baño.

—¿Dónde está la piscina?

—No hay.

—Pues vístase usted de Tarzán, ¡so guarro! —le soltó al del jurado, que era un señor trajeado de la cabeza a los pies.

Y no ganó.

¡Pero se quedó más a gusto…!

Cebra

En cierta ocasión un preso se escapó de la cárcel con su uniforme de rayas. No tenía dónde esconderse y se metió en un parque zoológico para pasar la noche. Un mono que lo vio, se puso a chillar:

-¡He visto un cebra que anda sobre dos patas!

El preso se escondió y los vigilantes del Zoo, alarmados por los gritos, se llevaron el mono al siquiatra.

El reloj y la hora

Esto era un reloj que perdió una hora. Era un reloj muy grande, instalado en lo alto de una torre municipal. Cuando pasaban las Doce del mediodía, de pronto eran las Dos.

-¿Y la Una? ¿Dónde está la Una? –Preguntaban al reloj sus clientes; o sea, los vecinos que lo consultaban.

El reloj no sabía qué contestar. Se le había perdido esa hora.

Hasta que, hechas las investigaciones oportunas, se pudo descubrir que la Una estaba colgada boca abajo en la campana más grande de la cercana iglesia, para sustituir a un badajo roto.

El cura del pueblo se disculpó:

-La culpa fue mía. No podía tocar a misa sin badajo en la campana. Y como la Una es tan simpática, me dijo: si quieres me cuelgo ahí y me doy cabezazos contra la campana.

El reloj hizo un gesto resignado:

-Es muy buena. Pero bien del todo yo creo que no está.

La sandía

sanidaEsto era una sandía que se miró en el espejo de un río.

-¡Caramba, estoy un poco redondilla! Tendré que ir al gimnasio.

Fue el gimnasio, se empleó a fondo y no tardaron en decirle:

-¡Cada día estás más delgada!

Hasta que volvió a pasar por el río, se asomó a sus aguas y se llevó un susto de espanto:

-¡Pero si ya no soy yo! ¡Pero si parezco un calabacín!

No volvió al gimnasio. Ni se privó de comer.

-¡Una es una y sanseacabó!

Esa fue su conclusión.

Un cuento muy dulce

corona reinaEsto era una reina que quería dejar de serlo.
Un día le dijo al rey:
–¿Cómo te sentaría no estar casado con una reina?
El le respondió, con la mejor de sus sonrisas:
-Mira, con la corona haz lo que quieras; pero tu siempre serás mi reina.
Esto sucedió en el Reino de Almíbar, situado en el Valle de los Caramelos,  junto al los montes de Regaliz. ¿Dónde, si no?

El nombre

arabe
Esto era un árabe que se llamaba Aladino.
-¿Vendes lámparas?
-¿Eres un genio?
-¿Tienes alfombra voladora?
No había día en que no tuviera que oír mil veces estas preguntas o similares. Se cansó. Y un día fue al Registro:
-¿Me puedo cambiar de nombre?
-Sin problemas. Dígame cómo quiere llamarse.
Aladino pensó en un nombre que fuese muy común en la zona.
-¡Alí! ¡Quiero llamarme Alí!
El funcionario del Registro tachó Aladino de su ficha de nacimiento y puso el nombre elegido.
-Pues ya está. ¿El apellido quiere dejarlo igual?
-Sí, sí.
El funcionario se despidió., sin perder de vista la ficha corregida:
-¡Que le vaya bien don Alí… Babá!

Gafotas

las-gafas-de-raulUn día Juan Carlos llegó al colegio con gafas. El que se sentaba a su lado izquierdo le dijo, mirándolo con cara de pena:

-¿Se te han roto los ojos?

-No. Solo están algo estropeados.

-¿Eres cegato? -le preguntó el que se sentaba a su derecha, mirando con un poco de asco.

-No. Veo bien. Pero mejor con las gafas.

La chica que se sentaba delante, le dijo:

-¡Estás más atractivo!

La que se sentaba detrás añadió:

-¡Y más guapo!

El de la izquierda, el de la derecha y todos los demás chicos de la clase empezaron a gritar:

-¡¡Queremos ser unos gafotas!! ¡¡Queremos ser unos gafotas!!

El ladrón recompensado

213xEsto era un rey que tenía un dolor fuerte, fuerte.

–Daré una gran recompensa a quien me lo QUITE -aseguró.

Y la recompensa se la llevó… ¡El mayor ladrón del reino!

–¿Quien mejor que yo para QUITAR algo? -aseguró el ganador a cuantos quisieron oírle.

(En algunas zonas de España, quitar es sinónimo de robar)

 

La desgracia de ser normal

alto_pekeUn hombre muy alto le dijo un día a un hombre bajito:

-Yo puedo jugar al baloncesto mejor que tu.

-¿Por qué?

-Porque estoy más cerca de la canasta.

El hombre bajito rió y le dijo al hombre alto:

-Pero yo puedo jugar al golf mejor que tu.

-¿Por qué?

-Porque estoy más cerca del agujero.

Y un hombre de estatura mediana que los escuchaba, preguntó:

-¿Y para mi qué? ¿No hay nada?

El hombre altísimo y el hombre bajísimo lo miraron con pena:

-¡Bah! Tu solo eres normal.

El alto ejecutivo bajito

1260175179Ia19AiEsto era un alto ejecutivo de metro y medio.

-Señoras, señores, deben ustedes obedecerme o les echo -dijo un día, en un reunión interna con sus colaboradores.

-¿Por qué? -preguntó su adjunto económico, que media 1,70.

-Porque yo soy un alto ejecutivo y ustedes están por debajo de mi.

El gerente, que medía 1,80, intervino.

-¿Puede repetir?

-Con mucho gusto -dijo el alto ejecutivo-. Si no me obedecen todos en todo los echo porque ustedes no están a mi altura en la empresa.

-¡Todos en pie! -ordenó el jefe de Medios, que medía 1,77, dando ejemplo.

Todos, salvo el alto ejecutivo, se pusieron en pie, en torno a la gran mesa ovalada de las reuniones importantes.

-Usted también, por favor -pidió el jefe de Medios al alto ejecutivo que presidía el encuentro.

El alto ejecutivo se puso en pie. Con su metro y medio, casi todos le sacaban al menos la cabeza.

-Y ahora repita eso de que está por encima de todos nosotros….

El alto ejecutivo, rojo de ira, los echó a todos de la empresa. Pero todos se fueron llorando de la risa.

Y FIN. Ji.

Obeso

obesoEsto era un hombre un poco obeso.

-Debería de cuidarse –le dijo un día el doctor.

-¿Lo dice por algo? –preguntó él, suspicaz.

-Con algún kilo menos, estaría usted mucho mejor.

-¡Mañana me pongo a dieta!

Al mes siguiente, volvió a la consulta y pesaba cuatro kilos  más.

-¿No se había puesto usted a dieta?

-Sí, pero he sido muy feliz estos días y a mi me engorda la satisfacción.

El doctor ser rascó la cabeza:

-¡Ah, caramba! Pues si es por eso, siga engordando usted y viva la obesidad.

Y sin recetarle nada, lo dejó marchar.

Las libélulas de Santa Claus

La reina de las libélulas fue un día a ver a Santa Claus.

-En nombre de mi gente, vengo a protestar -le dijo.

-¿Por qué? -se extrañó Santa Claus.

-No es normal que si necesitas seres capaces de volar para transportar los regalos de Navidad, llames siempre a los renos.

Santa Claus se rascó la barba, perplejo.

-Es la tradición…

-Estas próximas Navidades queremos que sean libélulas las que tiren de tu trineo.

-¡Sois pequeñitas! ¡No tendréis fuerzas! -dijo San Nicolás, que es como se dice en español Santa Claus.

-Déjanos y verá.

Papá Noel, que es como llaman los franceses a Santa Claus, no quiso discutir y le dijo que bueno. Pero que antes quería  hacer una prueba para ver si de verdad podían las libélulas con el peso de su trineo lleno de regalos.

El día acordado, Santa Claus cargó su trineo hasta los topes. Llegó de inmediato la reina de las libélulas, seguida de todas las libélulas del mundo.

-¿A cuáles has encargado la tarea? -preguntó Santa Claus.

La reina de las libélulas sonrió:

-A todas, naturalmente. Incluyéndome a mi.

Y todas las libélulas del mundo, millones y millones de libélulas, se agarraron unas a otras, se ataron al trineo de Santa Claus y lo levantaron del suelo como si fuese un pluma.

-¡Vaya, no me lo puedo creer! -exclamó Santa, al verse volando.

-¡La unión hace la fuerza y no solo el tamaño de cada cual! -gritó la reina de las libélulas.

-¡Jo, jo, jo…!

Y aquel año, en efecto, los renos de San Nicolás o Papá Noel o Santa Claus pudieron irse de vacaciones en Navidad.

La princesa y el peine

Esto era una princesa muy, pero que muy caprichosa. Tenía a sus papás hasta la mismísima corona real con sus caprichos. Un día le dijeron:

-Tu problema es que no sabes ni lo que vale un peine.

-¿Y qué vale un peine? –preguntó ella.

-Depende de su calidad –respondió la reina.

La princesa rió:

-¡Ja! ¡Vosotros tampoco sabéis!

El rey suspiró:

-A ver, hija. Solo era una forma de hablar. Queremos decir que tu problema es que has nacido en un palacio y no tienes ni idea del valor de las cosas en general.

La princesa se quedó pensativa.

-¿Y cuál es el valor de las cosas en general?

-Pues depende de cada cosa –le respondió su mamá.

La princesa rió:

-¡Ja! ¡Vosotros tampoco sabéis!

Los reyes se miraron:

-A esta hay que casarla cuanto antes y que se la lleven de aquí.

-Será la mejor, sí.

Pero la princesa caprichosa se marchó tan feliz y gritando:

-¡Os gané, os gané! ¡Soy más lista que vosotros! ¡Os gané…!

La princesa sucia

Esto era una princesa bastante cochina. No se lavaba ni peinaba. Y olía que no veas. Su madre le decía:

-Pero hija, ¿no ves que así nadie querrá acercarse a ti nunca?

-Mañana sin falta me lavo –contestaba ella.

¡Pero como el mañana nunca llegó y siempre era hoy…!