Vacas

Érase una vez una vaca próspera y bien alimentada, que vivía en un país de verdes praderas y pastos perpetuos. Pese a ello, la vaca no era feliz:

—Qué aburrimiento. No le veo sentido a esta vida de pastos eternos y de “dolce far niente”.

—¿Y de qué? —le preguntaban las colegas de manada, que nunca se acostumbraban a su forma de hablar.

—Que siento vacía mi vida, todo el día comiendo y sin nada mejor que hacer.

Érase al mismo tiempo una vaca flaca, que apenas comía, ya que había nacido en un país desértico y sin pastos. Desde que se despertaba hasta el anochecer, todo su afán era buscar alguna mala hierba que llevarse a la boca. Cuando lo conseguía, se sentía inmensamente feliz.

—¿Cuál será el colmo de la felicidad? —le preguntó otra vaca flaca un buen día.

—Vivir en un país de verdes praderas y pastos perpetuos, sin duda.

Eso piensan todas las vacas pobres del mundo. Ni se pueden imaginar lo mucho que sufren todas las vacas ricas del mundo.

Las vacas, claro, son animales irracionales. No como tu y como yo.

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